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Música, lingüística y significado

Mayo 14, 2020   |   Ruba,

Por Montserrat C. Carreño.

 

La música es el mejor retrato de una pasión desesperada.  Desde que la música existe, el hombre perfeccionó dicha herramienta para que recreara, dirigiera y manipulara sus sensaciones psicológicas y anímicas más allá del canon de la  razón.  Hablamos de “herramienta” porque la música se convirtió en ese lenguaje tonal y rítmico –que aunque invisible y no por eso menos tangible– evolucionó para dar sentido y estructura a su discurso lingüístico.

La primera forma de comunicación del hombre, comenzó de manera primitiva como sonido cortante y significativo de algún razonamiento o sentimiento, posteriormente el hombre aprendió a prolongar el sonido de dicha necesidad de expresión, tan solo para darle mayor énfasis a su mensaje y así, éste a su vez, desembocó en música.  Luego de miles de años, el hombre no obstante de poseer un lenguaje completamente desarrollado, sigue recurriendo a la música. Porque ésta simboliza ese algo intangible y poderoso que el lenguaje no tiene el don de ilustrar; ese je ne sais quoi que no es el tiempo, pero que también delimita el pasado y el presente del hombre.

Tal es el poder de la música, que ha podido ser confundida entre salvación divina y tiranía musical.  Una delgada línea de objetividad y propósito verdadero contienen a nuestro precioso concepto.  Es bien sabido, desde tiempos ancestrales, que es verdadero el efecto –ya sea benéfico o contraproducente– que ejerce la música sobre el individuo que la escucha.  Sin embargo, el conocimiento o conciencia del hombre de esta modalidad de influencia, puede llegar a  monopolizar ciertos rubros de la existencia humana; ya sea en el ámbito político, social y simbólico.  Así como el agricultor usa la horca para arar el campo, el hombre de alta cultura (pongamos por caso el intelectual) se vale de cierto capital simbólico musical compuesto en gran medida por características y artefactos simbólicos constituidos en la música para diferentes objetivos.  “¿Es posible que no pueda esperarse de ella otra cosa que este vano placer que excita en todos los hombres, ejerce algún influjo en los corazones y en las almas?” se preguntó Aristóteles antes de la era cristiana.

Y en efecto, responde con una interesante aseveración respecto al potencial mimético de la música: la naturaleza de su intención, es relativamente, imitar tan verídicamente como sea posible la cólera, la bondad y los sentimientos humanos.  No es de extrañarse que la exposición musical al oyente, le aporte una estructura anímica modificando su manera de percibir el mundo.  En contra punto, se encuentra la válida perspectiva platónica de los efectos de nuestro objeto en cuestión.  Si bien es cierto que la tonalidad y ritmo de la música por sí sola tiene ya de por sí efectos sobre de quien la escucha, en la antigua Grecia, dicha música era frecuentemente acompañada por coros o choros haciendo más integral el discurso social o político representado en las obras teatrales, comúnmente constituido por la mitología.  Opina Platón al respecto de la contribución literaria de Homero, y la importancia de la mitología que se le cuenta a los niños: “Se debe borrar Hades, el lugar terrible al que van las almas al morir […] los niños que luego serán guardianes no deben temer morir, y los versos de Homero imprimen a los niños el miedo”.

La preocupación principal de nuestro filósofo radica en que no es, sino la música, ese ente que penetra hasta lo más profundo del individuo; un arte del que se vale para discernir la moralidad de sus actos y pensamientos.

 

 

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